Abrí mi taquilla y coloqué dentro la montaña de libros y libretas, que llevaba cargando desde casa. Cogí el material que necesitaría para las dos primeras clases y salí en busca del despacho de la directora. Cuando llegué a la recepción me encontré con un único sofá. En el, un muchacho alto daba vueltas a un pitillo con los dedos de su mano. Cuando me vio, se colocó el cigarrillo detrás de la oreja y se apartó, dejando que yo me sentase a su lado.
Comenzamos a charlar y descubrimos que teníamos muchas cosas en común. Ambos éramos seguidores de Paulo Coelho, detestábamos las matemáticas y soñábamos con un mundo más junto en el que la religión, la economía o el gobierno no controlasen nuestras vidas.
En pocas semanas comenzamos a salir. Íbamos juntos a todas partes. Nunca estábamos separados, incluso llegó a cambiar su horario para que nuestras clases pudiesen coincidir. Dejó de ver a sus amigos y yo, a los pocos que había hecho durante el primer mes. Lo que al principio era un romance se convirtió en una locura.
Un mañana de invierno, mientras que atravesaba el pasillo a toda prisa para llegar a mi clase de literatura, tropecé con uno de mis compañeros de laboratorio y todos mis apuntes se cayeron al suelo. Juntos los recogimos y cuando estábamos a punto de despedirnos él llegó y golpeó a mi compañero contra la pared, yo intenté detenerlo pero me empujó tan fuerte que caí al suelo golpeándome contra la esquina de la ventana.
Cuando me desperté, estaba en una camilla en el hospital. Mi padre estaba a mi lado bebiendo una taza de café con leche. Me incorporé y deslicé mis dedos suavemente sobre mi ceja. Una brecha de seis puntos se extendía desde la nariz hasta el final del ojo derecho. Él me había roto la ceja.
Cuando volví al instituto todos me miraban asustados. Me encontré con él en la clase de Tecnología. Me pidió disculpas e hizo como si nada hubiese ocurrido. Yo, enormemente dolida, hice lo mismo, ya que en aquel momento le necesitaba demasiado.
Nada volvió a ocurrir, hasta que el 28 de Febrero, mientras comentaba con uno de sus amigos el trabajo de historia, me cogió y me golpeó tan fuerte que pasé cuatro meses en coma en el hospital de la ciudad. En el juicio, él, atestiguó que estaba borracho y yo que ya no le quería.
Pensando que me dejaría finalmente en paz, tras tener que pagar una multa para librarse de una condena, la cosa fue a peor. Era julio, yo caminaba con mi primo hacia la playa, y cuando estábamos cruzando nos intentó atropellar. No fue nada grave, por suerte, solo me llevé un golpe en la pierna, estaba desesperada no sabía qué hacer, no sabía cómo enfrentarme a tal situación, tenía miedo, mucho miedo, y me sentía débil, inútil. Recibí llamadas, mensajes acosadores, que me amenazaban, y finalmente quedamos. Nos reunimos en una cafetería, todo fue bien. Hablamos largo y tendido, y quedamos como amigos. No sé porqué le perdoné, volvimos a salir. Yo le quería, a pesar de lo que me hacía y de cómo me trataba. Pero pronto me abrieron los ojos, él no me ayudaba con nada, yo tenía que cargar con sus cosas, hacer los recados, incluso a veces me llevaba a su piso para que le limpiara la ropa. Cuando dormíamos juntos, y se emborrachaba me pegaba, con el cinturón o con sus propios puños. Y fue entonces cuando me ayudaron a denunciar mi situación, cuando protesté, cuando vi el ego de aquel hombre. Ahora está visitando al psicólogo, yo tengo novio. Un novio que me quiere y me valora como mujer.
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