Durante los primeros años de vida nuestros padres nos exponen sus ideas a las que nos aferramos fuertemente sin preocuparnos por sus causas o consecuencias, simplemente porque necesitamos estar respaldados por un grupo y saber que muchos piensan lo mismo que nosotros. Defendemos nuestras ideas aunque sean simples y carezcan de argumentos lógicos y los grandes dogmas se convierten en actos comunes que realizamos diariamente. Por ejemplo, muy pocos niños tienen la opción de no ser bautizados y por lo tanto la influencia de sus padres, con referencia a la religión, les marcará sus creencias en un futuro.
Más tarde, en nuestra adolescencia adquirimos ideas propias, alejándonos lo más posible de la de nuestros progenitores. Buscamos ser diferentes al resto, ser nosotros mismos. Defender una causa con argumentos propios. Nos gusta pertenecer a un grupo en el que todos posean creencias similares y rechazamos lo diferente, no por ser contrario a nosotros, si no por miedo.
En esta actitud se basa la vida de muchas personas. La ignorancia es la verdadera dueña de sus ideas y pensamientos. No quieren conocer, ni admitir otras que sean diferentes. Tienen pánico a lo desconocido y a que les convenzan y por lo tanto, que todos los argumentos que han conseguido construir, caigan. Lo que logran es encerrarse y olvidar que otras formas de pensar son posibles. Valores como la tolerancia o el respeto desaparecen bajo un muro de falsos prejuicios.
Otros creemos que realmente nadie posee una idea sólida, ya que todos cambiamos constantemente de opinión. Ni las grandes creencias sobre religión, política o economía se mantienen perpetuamente. Resulta imposible ser fiel a nuestros principios. Las circunstancias que vivimos a lo largo de nuestra vida nos hacen cambiar de punto de vista. Muy pocos permanecen apegados a ellas, ya que la muerte, el amor, la separación o el dolor son factores que contribuyen a cambiar la forma de vida y por lo tanto las ideas en las que esta se basa.
En conclusión, resulta inverosímil vivir detrás de un muro de falsos prejuicios condicionado por nuestras ideas, la mejor opción es dejar que el tiempo decida, dejar que otros nos expongan sus ideas y decidir qué forma de vida es la perfecta para nosotros y que ideas deben ayudar a conseguirla. Para ellos no es necesario dejarse llevar, deshaciéndonos de cualquier forma de pensar que pueda marcar nuestro carácter, sino aprender a escuchar lo que los demás pretenden darnos a conocer y juzgar por nosotros mismos.

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